La llamada de Samuel
- Sr. Lorie Marie Fungo, OSA

- 16 ago 2025
- 3 Min. de lectura
La llamada de Samuel me invita a una profunda atención que es esencial en la vocación contemplativa. Como Samuel, el contemplativo es llamado a escuchar pacientemente la voz de Dios en medio del silencio y la quietud. Esta llamada profética no se trata solo de palabras, sino de una disposición interior para estar plenamente presente a la presencia de Dios. La respuesta de Samuel, «Habla, Señor, que tu siervo escucha», refleja la actitud diaria del contemplativo: entrega y apertura. La vida contemplativa es una vocación para habitar en la presencia de Dios, permitiendo que el Espíritu moldee y transforme el corazón. La dimensión profética aquí es sutil: los contemplativos dan testimonio al mundo a través de la intercesión orante y la confianza radical en la providencia de Dios.

Nuestra llamada exige soledad y comunidad, equilibrando la intimidad personal con Dios y la solidaridad con la Iglesia. El crecimiento de Samuel, de la confusión a la claridad, nos anima a los contemplativos a abrazar el desarrollo gradual de nuestra vocación. El silencio y la espera que definen la vida contemplativa cultivan la sensibilidad espiritual, al igual que los oídos y el corazón atentos de Samuel. Esta vocación desafía el ruido y el ajetreo del mundo, ofreciendo un testimonio profético alternativo mediante la presencia orante. Como Samuel, los contemplativos son llamados a ser guardianes vigilantes de la palabra de Dios, nutriéndola dentro de sí mismos para que florezca en la Iglesia.
Nuestro papel profético es oculto pero poderoso, dando forma a la vitalidad espiritual de la Iglesia mediante la comunión constante con Dios. La historia de Samuel también recuerda a los contemplativos la necesidad de la guía espiritual, así como Elí ayudó a Samuel a discernir la voz de Dios. La vocación contemplativa es una escucha de toda la vida, una respuesta diaria a la llamada continua de Dios en lo profundo del alma. En última instancia, la llamada de Samuel nos enseña que la vida contemplativa es un diálogo sagrado: Dios habla en el silencio, y el contemplativo responde con un corazón sintonizado con el amor divino.
Ser una voz profética en una comunidad contemplativa es a la vez humilde y fortalecedor. Significa escuchar profundamente a Dios en el silencio antes de hablar la verdad al mundo. En la quietud de la oración y de la vida comunitaria, uno toma conciencia de la llamada a dar testimonio de la presencia de Dios en medio de una cultura ruidosa y distraída. Este papel a veces puede resultar aislante, ya que la profecía desafía normas y seguridades establecidas. Sin embargo, también trae una paz profunda, al saber que el testimonio fiel nutre una transformación más allá de las palabras. En el apostolado, la profecía significa encarnar auténticamente los valores del Evangelio e inspirar a otros hacia la justicia y la compasión.
Es una responsabilidad hablar con valentía, pero con amor y humildad. La voz profética del contemplativo equilibra la soledad con el apoyo de la comunidad, haciendo la carga más ligera. A veces surgen el miedo o la duda, pero la oración sostiene la fuerza y la claridad.
Ser profético implica tanto desafiar como consolar a los demás, como un guía suave pero firme. La comunidad alimenta esta llamada mediante el discernimiento compartido y el apoyo mutuo. La profecía en la vida contemplativa es una misión sagrada que requiere paciencia y confianza en los tiempos de Dios. Es un testimonio no solo en palabras, sino también en las acciones diarias y en la presencia orante. Aunque a veces solitaria, esta voz nunca está en silencio, porque está enraizada en el amor divino. En última instancia, ser profético en la vida contemplativa y apostólica es participar en la obra continua de Dios de sanación y renovación en el mundo.



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